Una de las características fundamentales de la fotografía desde su origen es ser testigo y prueba de la realidad. Capta la belleza de lo que vemos, expresa aquello que sentimos, pero también es herramienta para la denuncia o visibilización de vicisitudes o gestas de las personas.

Fotografías que, sin pretender ser estéticas, son testigos de realidades que, al existir y ser visibles, suponen un impacto emocional y, por tanto, social.

En los años setenta del pasado siglo, uno de los instrumentos más certeros para perpetuar la realidad de ese tiempo eran los documentos visuales que realizaban los fotógrafos profesionales del pueblo, entre los que destacó Rafael Córdoba Paniagua por su inconmensurable trabajo y aportación a la historiografía gráfica de Aguilar.

Paniagua fotografiaba los desfiles procesionales de Semana Santa y también de procesiones como la del Corpus y Patrona; fotografías la gran mayoría de ellas enfocadas a inmortalizar a las personas que participaban de dichos cortejos. Así lo muestra la instantánea que mostramos, realizada en 1975 cuando la comitiva de la procesión del Santísimo discurría por la “Puerta del Casino”.

Foto cedida por Rafa Rebollar.         

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