
Diego Igeño
La palabrita tiene miga pero eso es lo que ahora soy, una persona que ha entrado ya en la jodida “década prodigiosa” y que, por consiguiente, tiene bastantes más días por detrás que por delante. Eso, intrínsecamente, no es ni bueno ni malo, sino la realidad en que cotidianamente me muevo: la de que cuando no se tiene una gotera lo que te puede caer encima es un tsunami que de un rato para otro te mande al “cortijo de los callados”, donde acaba todo, sin más.
Pese a ello, tengo claro que hay que coger el toro por los cuernos, darle un recorte a la portuguesa y afrontar (reflexionar) el mucho o poco destino que uno tenga en frente para llenarlo de vida, para que esta tenga un sentido hasta el postrer aliento que diría un poeta.
Pero he aquí que teniendo eso tan claro, la cosa se oscurece hasta ponerse casi negra cuando he de responder a la pregunta del millón: ¿cómo darle ese sentido? Supongo que podría admitir miles de respuestas (tantas como las de las personas a las que inquiera), pero eso no me eximirá de la responsabilidad de dar la mía que, al fin y al cabo, es la que tendré que arrostrar de ahora en adelante. Así pues, no me quedará más remedio que asumir la zozobra de elegir, ese concepto que, según Jean Paul Sartre, definía al ser humano como libre y responsable de construir su propia esencia.
Aunque existe el dicho de que nunca se ha de afirmar de esta agua no beberé, yo casi me atrevo a anticipar que no me va a dar por lo espiritual: ni me voy a hacer un beato meapilas ni un “yerbas” místico. Tampoco pienso que, a estas alturas de la película, me haga del Real Madrid ni a variar tanto mi comportamiento que se me vaya la pinza para apurar todos los vicios existentes, todas las experiencias excitantes, todas las pasiones vitales, legales o no. Pero es que además no tiene lógica vivir deprisa, ya que aquello de dejar “un cadáver bonito” se me antoja imposible dada la edad que atesoro. Nada es bello ni en la vejez ni en la antesala en la que ahora me hallo. Por eso, me he conjurado para pisar el freno y dejar las cosas a un ritmo más pausado, más acorde a mi reloj biológico, al compás de la segunda parte del aforismo de Hipócrates ars longa vita brevis.
Creo más bien, por tanto, que seguiré siendo del montón tirando a soso, nadie espectacular en ningún sentido, de esos que disfrutan con la sencillez de los pequeños placeres a pesar de la densa soledad que se me ha venido encima: un buen libro, una buena peli, un buen viaje, una buena birra, un pellizquito de historia, algo de escritura, unos kilómetros de ejercicio, un ratito de tertulia y una buena compañía. Todo lo demás es vanitas vanitatum et omnia vanitas. Para los excesos, mejor búsquense a otro que yo ya estoy muy trillado. Mientras tanto, hay varias cosas que quiero aquilatar con la debida paciencia: la primera, que en efecto he decidido seguir estando (ya lo decía el prematuramente fallecido Joan Baptista Humet: “hay que vivir, amigo mío, antes que nada hay que vivir y ya va haciendo frío”) y que el carpe diem sea la divisa que me guíe; la segunda, que casi todo lo que me rodea y, sobre todo, los muchos imbéciles con los que he tenido la desgracia de tropezarme me la traen al pairo; y, por último, que aunque las borrascas arrecien (las personales y las que ponen en un brete a toda la humanidad) tengo el propósito de mirar siempre el lado positivo de la vida (Monty Python dixit y yo tomo nota). Esas parecen ser algunas de las consecuencias lógicas de convertirme en lo que al principio dije: un sexagenario.



