Felipe Alcaraz Masat
De nuevo se ha esgrimido el grito que resonara hace dos décadas en defensa de uno de los espacios medioambientales más importantes y específicos de Europa. Un espacio de más de 70.000 hectáreas que siempre ha sido un territorio ocioso para el capitalismo del ladrillo y la competitividad, que todo lo quiere convertir en beneficios.

El Parque natural, o entorno, y el Parque Nacional sufren un acoso por tierra, mar y cielo. Y no exageramos. Ahora verán el listado de amenazas que han ido creciendo, como liquen venenoso, en el seno del silencio y de la conspiración de no pocos, entre ellos un expresidente que de presidir el Consejo de Participación de Doñana ha pasado, con emolumentos de 129.500 euros, al Consejo de una de las empresas, Gas Natural, que capitanean el acoso. Sí, es ese: el hombre que susurraba a los bonsáis, como símbolo de una naturaleza reducida al tamaño de una maceta.

Se intenta almacenar el gas procedente de Argelia, convirtiendo una parte de la provincia de Huelva en un inmenso almacén-bomba. De otra parte, se pretende almacenar gases residuales, como el CO2. Hay proyectos, que comenzaron hace tiempo, de extracción de gas natural, para el que existen ya conducciones de tuberías kilométricas. Múltiples pinchazos ilegales, para una agricultura sin visos de sostenibilidad, ordeñan los acuíferos de Doñana y su entorno. Se presiona a fondo para un dragado del Guadalquivir que afectaría de lleno al estuario-desembocadura del río en los confines del coto de Doñana. Se proyectó entre Extremadura y Huelva un oleoducto que, sin duda, afectaba a este espacio singular. Y para qué seguir: amenazas de fracking, de sondeos incontrolados, de presiones urbanísticas de toda laya, de carreteras que, no bien han sido frenadas, recuperan poco después su impulso invasor.

El lince, ante esta invasión turbocapitalista, es un animal inocente. Como todos aquellos que creen que Doñana se salvará gracias a su belleza impar y a ser nido de aves acuáticas de una parte importante del planeta. Pero no es así. Al capitalismo le joden esas aves que ocupan un territorio que ya intentaron desecar en un principio y que Valverde, el santo de Doñana, y también su “inventor”, logró frenar y reconvertir en una zona protegida.

Salvemos Doñana, es de nuevo el grito que corresponde organizar ante las autorizaciones ya decididas por las administraciones, sobre todo la central, y los intentos de pactos equidistantes que perjudicarían al coto, pero menos, de otras administraciones. Y no basta con “sacarlo” todo de parque, y hacer que éste se quede en el centro de un asedio que tarde o temprano acabaría con sus defensas. No vale ese pacto bonsái. Doñana es un ADN de esa estrategia roja, verde y violeta de IU en Andalucía, y lo mismo que en el 92, en torno a aquella Expo con la que el capitalismo se adornaba para aumentar sus cuentas de resultados, se luchó a tope, hoy estamos convocados a la misma lucha. Que nadie se equivoque: le han puesto una cruz a Doñana.

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