Mareas y tempestades sectoriales recorren las calles de la geografía nacional. Mareas, tempestades y terremotos que, sin embargo, no consiguen calar en la espesura del cuerpo social. La mayoría asiste, entre indignada y muda, al fin del estado de bienestar, al fin de los derechos sociales y laborales, con una extraña dosis de calma y resignación. Vivimos como si no existiera alternativa. Como si los argumentos europeos fueran dogma de fe. ¿Cuál es la razón que impulsa a un pueblo al sometimiento a la voluntad de un grupo de tecnócratas europeos? Por qué España, vaya palabra, asiste a la ruptura del “contrato social”, si, de ínfima calidad democrática, pero “contrato social” al fin y al cabo, sin pelear, codo con codo, barricada tras barricada, en la calle? ¿Por qué aquellos que no están directamente concernidos creen que la destrucción de la educación o la sanidad no les afectará o no afectará a sus hijos? Salvo algunos insurgentes, que pelean en todos los frentes, una onda expansiva de mediocridad política domina la escena ante el consentimiento general. Los datos macroeconómicos indican que las soluciones neoliberales no funcionan. Si levantamos la vista, más allá, perspectiva antropológica universal, vemos que avanzamos ante un colapso mundial. Cierto es que la tradición de la familia, la unidad familiar del sur, está paliando la crisis. Es cierto que los abuelos compran, huesos descalcificados, lácteos variados y magdalenas para sus nietos, a los que alimentan. ¿Hasta cuándo? La chispa de la vida no es un refresco con burbujas sino, igual que la muerte de Larra, una detonación. Una detonación que empezará, un fantasma recorre Europa, el día en que alguien, hastiado, no se suicide sino que le arranque las tripas con la mano, Saturno de barriada, a un miembro de la troika. Y ese día no está lejos, intuyo.

Transitando el Duelo
Carmen Zurera Maestre Será normal vivir en esta nebulosa mental en la que llevo instalada semanas. Es lo que tiene que se te muera tu compañero de vida que, habiendo



