En las Navidades del 70 las primeras mujeres de uniforme, exclusivas de Córdoba, eran la novedad, junto a la desaparición de presentes al Guardia del Realejo y la fusión árbol-belén
MATILDE CABELLO
A VANZÁBAMOS hacia la década de los 70 con una periferia salpicada de bloques de pisos a estreno y jardines incipientes. La Córdoba turística estaba ya preparada de monumentos y volcada en sus rincones de postal, y el souvenir se guardaba todavía de acera para dentro en la calle Deanes y el entorno de la Mezquita.
La televisión nacional y única se había volcado en el proyecto pionero de Fuentes-Guerra convirtiendo a la ciudad en la primera que vistió de uniforme a las mujeres. De nuevo era Córdoba, como ya lo había sido Aguilar de la Frontera siglos antes con Ana María de Soto, la adelantada. Aquellas muchachas con faldita recta hasta la rodilla, gorra de visera, guerrera y guantes blancos, fueron desde su aparición en el NO-DO y la televisión un atractivo más para el turista y el curioso. Gracias a ellas, las fotos a color de las gitanas con trajes bordados y el típico torito pasaron a un segundo plano. El personal iba a las Tendillas y a la entrada de la Calle Nueva, con su guardia casi permanente. Allí las policías municipales, siguiendo la tradición taurina de esta tierra, lidiaban como nadie con el machito ibérico typical spanish, entonces pujante, con el extranjero de más allá de Alcolea y con el aborigen local. Todos veían en ellas más que autoridad, elemento decorativo y anecdótico, generadoras de mil anécdotas y comentarios.
En estas fechas de anís y polvorones se había perdido ya la costumbre de “enterrar” al guardia municipal en el montón de botellas de vino y coñac, mantecados, fruta escarchada y algún pavo vivo, probablemente sacado de los jaulones que adornaban la ciudad desde el Marrubial a Gran Vía Parque, de República Argentina al Sector Sur, o de las Margaritas a La Corredera.
No se había perdido, en cambio, el soniquete de este día 22 de diciembre, saliendo de las barras de los bares, los mostradores de las tiendas de ultramarinos o el salón comedor de casa tomado por el padre desde bien temprano, con lápiz y papel en mano.
Como cualquier domingo de quiniela y casi todas las Navidades, la mañana del sorteo acababa con un “no nos ha tocado nada, pero hemos estado a punto”.
Este día 22 se habían alzado los belenes de toda la vida y comenzaban a aparecer los setos de importación anglosajona de alambres y plásticos, extensibles como los tendederos. Entre figuritas, bolitas de colores y tiras doradas había dado tiempo a soñar con todo lo que haríamos y nunca hicimos. Se derrumbaban hoy el viaje a Madrid a ver un espectáculo antes de visitar el lugar donde el padre hizo la mili; se difuminaban los billetes de tren en primera o el de avión a Canarias, que para ellos debía ser el vuelo más largo; la casita en San Fernando, chica, para que la madre no tuviera que limpiar mucho y las visitas no se hicieran pesadas, o el abrigo de visón que él nunca podría comprarle de un sueldo, aunque ella no mostrara entusiasmo porque le parecía cosa de “pelandruscas”.
El día 22 los “agujeros” que iba a tapar el décimo seguían abiertos un año tras otro, y seguía siendo la paga extraordinaria la única lotería que por Navidad se repartía entre los puestos del mercado de La Corredera, y como algo especial en ese manjar que durante todo el año nos miraba desde el escaparate de Navarro. Era el tránsito hacia la pubertad, todavía pegados a la duda entre el juguete atrayente para los niños que éramos y rechazable para los jóvenes que creíamos ser, porque nunca faltaba una amiga o un hermano mayor dispuesto a derrocar nuestras fantasías monárquicas. La carta de enero se nos resistía lo mismo que un poema de amor para alguien que ya no amamos, y nos debatíamos en la excusa y la duda: escribir, mentir, hablar o callar cuando los padres, ciegos ante nuestros primeros síntomas de adultos, nos seguían hablando como a niños que quizá fuéramos, o no.
Los 70, en Navidad, fueron tan extraños como aquel no saberse alegre con los villancicos del padre y su música de tenedor y botella de anís; tampoco en la parafernalia de la Misa del Gallo, ni en el rito del belén. Los 70 fueron un tránsito al que aún no parece vérsele el otro lado



