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Javier Gallego

España es el país del “ahora no toca”. Ahora no toca juzgar al Franquismo, desenterrar a las víctimas de la dictadura ni eliminar los monumentos que glorifican a los genocidas. Ahora no toca preguntar a los españoles si quieren república o monarquía, ni hacer un referéndum en Cataluña aunque Cataluña se rompa. Ahora tampoco toca revisar la Transición ni los privilegios de la Iglesia, ni toca hacer una reforma electoral o fiscal, mucho menos una reforma constitucional (salvo si lo pide la Troika). Y por supuesto, ahora no toca hacer una moción de censura al Gobierno más corrupto de la democracia.

Es la frase preferida de los padres de la patria con la que llevan toda la vida atornillándose a la silla, rehuyendo su responsabilidad y esquivando la marea de cambio que podría desclavarles del asiento. Les conviene ese paternalismo conservador que nos convierte a los españoles en eternos adolescentes incapaces de tomar nuestras propias decisiones adultas. Para eso están ellos. Para decirnos lo que toca y lo que no. El invento ha funcionado hasta que hemos visto que a nosotros siempre nos toca perder y que no quieren tocar nada porque a ellos les toca ganar.

Ahora llega la moción de censura de Unidos Podemos y tampoco toca. Aunque la corrupción del PP sea irrespirable y manipulen la Justicia para proteger a sus corruptos. Aunque el Constitucional decrete que la amnistía de Montoro fue ilegal pero ya es irreversible. Aunque el partido del Gobierno se haya financiado ilegalmente, haya destruido pruebas o esté imputado como organización, da igual: ahora no toca.

Tampoco toca aunque seamos líderes europeos en precariedad, temporalidad, desigualdad, desempleo, paro juvenil, pobreza infantil y riesgo de exclusión. Rajoy podría violarte y aún habría quien te diría que ahora no toca denunciarle. Ellos pueden violarte, pero tú eres un inoportuno oportunista si te quejas. Ellos pueden saltarse la legalidad, pero tú no te saltes el protocolo ni la etiqueta. Ellos son los que te hacen la peineta, pero tú eres el macarra.

Así ocurrió la semana pasada en la Asamblea madrileña. Después de ver cómo el PP de Cifuentes despachó la moción de censura con chulería tabernaria -en lugar de despejar dudas sobre la presidenta y la dimisión de más de veinte diputados-, más convencido estoy de que es urgente desalojar del poder a un partido que considera las instituciones su cortijo y el poder, su derecho natural.

La moción está plenamente justificada, lo que no lo está tanto es votar en contra. Quizá Unidos Podemos podría haber encontrado un momento mejor y un consenso previo mayor para evitar lo que va a ocurrir, una moción de fogueo. Pero en cualquier caso, la mayoría le habría respondido que no les fallan las formas, que el día les viene fatal, que hoy no me encuentro: que vuelva usted mañana, como escribió Larra en aquel artículo que retrataba el espíritu nacional. Hay problemas y emergencias que no pueden esperar más. Fumando mientras espero me ha dado un cáncer de pulmón.

Al PSOE le llevamos esperando como a Godot que nunca llega. Hasta ahora tenían la excusa de la división interna, pero Pedro Sánchez ha tenido tiempo de sobra para sumarse a la moción o pedir una prórroga para presentar una propia, como le ofreció Pablo Iglesias. Los socialistas han vuelto a hacer de Escarlata, como hicieron con el Concordato, la OTAN o la república: ya lo pensarán mañana.

Pero, ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!, decía Larra para acabar su famoso artículo. Nunca es buena hora para hacer las cosas que tenemos que hacer en este país. Nunca toca. Y así nos va, que no avanzamos.

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