La tumba de los maniquíes

Diego Igeño
Se ha convertido en un espectáculo dantesco, un escaparate de restos de maniquíes que certifica su paso a otra dimensión y que, sin embargo, nos hace pensar en la plenitud de su vida de plástico cuando su función, que cumplían con sobriedad y eficacia, era la de mostrarnos sin sonrojo las últimas tendencias en calcetines, medias, fajas, sostenes, pijamas o camisetas. Lo hacían con absoluta profesionalidad hasta tal punto que, cuando los dueños del comercio echaban el cierre, se mostraban ufanos, satisfechos del trabajo bien hecho. También aprovechaban sus tertulias nocturnas, a la hora en que los humanos se entregaban a los brazos de Morfeo, para comentar las incidencias del día y hacer un recuento de cuántas personas se habían parado a verlos, de a cuántos les había complacido la mercancía que exhibían, de quienes habían pasado con desdén, sin detenerse ni un solo segundo a echarles siquiera una ojeada fugaz. Asimismo, los maniquíes se entretenían en chismorrear sobre algunos de los que les miraban. Por sus caras ya eran capaces de distinguir si estaban felices o tristes, si habían tenido un mal día, si suspiraban soñadores o se encogían huidizos. Adivinaban estos sentimientos por el brillo de los ojos, por los gestos, por las posturas de quienes tenían en frente; “los humanos son siempre tan transparentes”, decían. A veces, los maniquíes se volvían melancólicos cuando identificaban a la mujer que se había detenido ante ellos con aquella niña que unos años antes se aterrorizaba antes las partes desmembradas que conformaban el muestrario: piernas, brazos, torsos, cabezas, una realidad “gore” que muchos consideraban siniestra y otros divertida. De cuando en cuando, los invadía una tristeza terrosa al ver a uno de sus conocidos vestido de negro riguroso y comprendían que habían sufrido una pérdida en su entorno, tal vez la del marido, quizás la de la madre o la del hijo, aquel pequeñuelo permanentemente mustio y verdoso.
Sí, vivieron tiempos felices que entonces se antojaban eternos e irrompibles. Nunca fueron conscientes de la finitud de las cosas, de que todo lo que ayer fue, hoy puede no ser. Ahora se encuentran amontonados en uno de los muchos escaparates de la tienda, preparado a modo de sepultura improvisada. En ese amontonamiento, aún sueñan con recuperar su misión, la que durante tantos años dio sentido a sus vidas, al tiempo que recuerdan con pena las luces de colores y los adornos que los realzaban, sobre todo en Navidad. Pero son conscientes de que esto ya no volverá a ser posible. Y, con ser así, no es lo que más añorarán; lo que verdaderamente les duele es no poder seguir disfrutando, con deleite, con parsimonia, con delectación del espectáculo del escaparate de los humanos que cada día desfilaban ante ellos.

Compartir:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp

Entradas relacionadas

Orgullo

Diego Igeño LuqueEl pasado jueves volvir a asistir a la proyección pública del documental “Voces que TRANSforman”. En esta ocasión fue en Puente Genil, concretamente en el número 11 de

Transitando el Duelo

Carmen Zurera Maestre Será normal vivir en esta nebulosa mental en la que llevo instalada semanas. Es lo que tiene que se te muera tu compañero de vida que, habiendo

Machote

Diego Igeño Eso es lo que hay que ser, muy machote para darle un empujón y hacer caer de narices a una “peligrosísima” señora jubilada de 68 años que al

Devastación

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche….”(Pablo Neruda) Nadie me lo pide. A nadie le interesa esto que voy a escribir, pero lo necesito. Yo misma me digo que