Diego Igeño
¿Han visto ustedes la película “¡Qué bello es vivir!”? Es el típico melodrama que programan en televisión todos los años por Navidad. Se realizó en 1946, está dirigida por Frank Capra y protagonizada por el inolvidable James Stewart. Aunque tiene una dosis quizás excesiva de azúcar, es realmente buena. Vale la pena. Trata de la historia de un hombre cuyos sueños de salir de su pequeña comunidad se ven pospuestos una y otra vez por culpa de las circunstancias. No sigo para no destripar el argumento (para no hacer un “spoiler” que se dice ahora). Lo importante es ese nudo central porque, volviendo la vista atrás, es lo que nos ha sucedido a muchos de nosotros, quizás a la mayoría. Hemos visto consumidos nuestros sueños, nuestros delirantes deseos de juventud cuando nos hemos topado de bruces con la realidad cotidiana, aquella que nos arrastra por el camino que no habíamos previsto, la que nos ha convertido en lo que actualmente somos, cercenando algunas de las quimeras de antaño. El problema es que en demasiadas ocasiones sucede que, por consumir horas y horas lamiéndonos las heridas de lo perdido, nos olvidamos de apreciar las cosas y seres que nos han acompañado durante el tránsito desde el ayer al hoy, nos olvidamos de apreciar el presente en su justa medida. Porque es cierto que estamos rodeados de nuevas realidades que no son las soñadas pero sí apasionantes (que no voy a describir dado que cada cual tendrá las suyas) y de animales y personas que hacen nuestras vidas mucho más agradables (también hay algún “joputa” pero de esos tampoco quiero hablar que para eso el artículo es mío y escribo lo que me da la gana). Sea como fuere, todo esto me vuelve a hacer pensar en lo sabios que eran los clásicos cuando dejaron para la posteridad aquello del “carpe diem”. Que no nos pase como al protagonista del film citado ya que no todos tenemos un ángel de la guarda que nos haga ver lo que es evidente (¿O sí?, ojo al sonido de las campanillas): que todos ocupamos nuestro lugar en el mundo y que nuestra vida es tan preciosa y valiosa como cualquier otra.




