Sección: Visto y no visto [Francis Salas] Fecha: 1.12.11

Tuve la suerte de fotografiar a Vicente Núñez en varias ocasiones, sobre todo en El Tuta, ese emblemático bar de Aguilar de la Frontera situado en la plaza octogonal, trastienda del Ayuntamiento y segunda casa del insigne poeta, autor del Ocaso en Poley. La primera vez que lo vi fue gracias a El Paula, seguidor y amigo de este rapsoda cordobés, que consiguió que nos atendiera y nos concediera una entrevista para una publicación en ciernes. La entrevistadora era Lola Cosano; el director de arte, Antonio Algaba; y el fotógrafo, un servidor. Tristemente, la revista no cuajó y la entrevista nunca vio la luz.

Pasados los años, El Día de Córdoba me confió el reportaje gráfico para una entrevista al poeta. Por desgracia para Vicente, fue la penúltima entrevista que concedió antes de su muerte.

Era la tercera vez que acudía a su encuentro y, hasta entonces, lo más que había conseguido era una fotografía suya agarrado a la ventana del bar, junto a la típica estampita con la que se hizo famoso, acompañado de su copa de vino y de su cigarro humeante.
Sin embargo, en esta ocasión, Vicente sí quiso mostrarse tal como era. Quizás le resulté familiar -no en vano, era la décima vez que nos presentaban-, aunque hizo como si no me hubiera visto en su vida.
El caso es que me permitió trabajar a mi gusto, sin ponerme objeción alguna. Tampoco recibí ninguna negativa a las pocas sugerencias que me permití dar para conseguir captar su esencia con mi cámara.
Y ahí estaba la pose del poeta. Me dio un fotos maravillosas: se mostró íntimo, auténtico, accesible, cómplice, cautivador, provocador, sonoro, sabio, maduro, frágil… Y todo, sin moverse de su silla.
Su voz, su gesto, su copa de fino -siempre hasta arriba-, el ducados negro, la cerilla, su bufanda, sus ojos, las sortijas, la pitillera… Todo ello me hizo vibrar y sentir mientras lo fotografiaba.
Vicente hablaba de Rilke, de Málaga, del Grupo Cántico, de su Poley, del vino, de la embriaguez, de las habitaciones de hotel… Hablaba de la vida y de la muerte. Ese día, Vicente Núñez me captó entre sus adeptos. Me cautivó, me llevó a su amado Rilke y me inició en la lectura de su poesía auténtica y apasionada.

FRANCIS SALAS

 

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