Cazador blanco, corazón negro

 Su Majestad se ha caído y se ha roto la cadera. STOP. A Su Majestad le han fletado un vuelo privado para trasladarlo desde la lejana Botswana, a más de ocho mil kilómetros, hasta Madrid. STOP. Su Majestad ha sido ingresado en una clínica privada para que un eminente cirujano le arregle el estropicio. STOP. Su Majestad evoluciona favorablemente y pronto retomará su agenda. STOP.

A Su Majestad le gusta entretenerse, le encanta divertirse ¡Que se le va a hacer! ¡Lo lleva en la sangre! Así lo han hecho siempre los borbones. Para no perder su tiempo en naderías y poder dedicarse a los safaris hasta le escriben los discursos. Por eso, a Su Majestad no hay que pedirle que sea consecuente con lo que dice. Así, cuando, refiriéndose a la crisis, afirma en su último discurso de Navidad que “es una crisis que está llamada seguramente a modificar hábitos y comportamientos económicos y sociales” realmente está hablando de los hábitos y comportamientos de sus súbditos no de los de él mismo. Por eso, cuando subraya de que “ahora hemos de saber reconocer con humildad cuáles han sido los comportamientos en los que, como individuos y como grupo, hayamos podido equivocarnos”, se refiere a las equivocaciones de los demás y no a las de su familia. Cuando transmite que “sé, sabemos todos, que el camino de la recuperación no será corto ni tampoco fácil, que exigirá sacrificios”, obviamente manifiesta que estos sacrificios le exigen pasar solo unos días en Botswana en vez de un mes entero.

Pero, en fin, Su Majestad conoce a la perfección lo que preocupa a los españoles. Gracias a ello, puede afirmar que “junto a la crisis económica, me preocupa también enormemente la desconfianza que parece estar extendiéndose en algunos sectores de la opinión pública respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras instituciones. Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar”. Ante la rotundidad de estas líneas, ¿qué puedo añadir yo?

A diferencia de lo expresado por Elena Valenciano, vicesecretaria general del PSOE, sí me permito criticar la agenda privada del rey. Y lo hago porque él mismo me lo ha autorizado al indicar que “cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o a la ética, es natural que la sociedad reaccione”. Gracias Majestad por permitirme criticarle, pues entiendo que de capítulos como el ocurrido se deriva una conducta que, a juicio de este pobrecito hablador, no se ajusta a la ética. Y no lo hace porque su derroche y ostentación no son de recibo cuando más del 20% de sus compatriotas no tienen trabajo, cuando aproximadamente un 50% de los jóvenes tampoco, cuando las familias que en este país viven por debajo del umbral de la pobreza superan el 22%, cuando la luz, el gas, el teléfono, los transportes, los alimentos, los impuestos y todos esos “asuntillos” no nos permiten darnos una escapada de unos días a África a realizar un safari. Y, perdóneme Majestad, un último desacuerdo: si quien esto escribe pudiera permitirse ese lujo cambiara el rifle por una cámara fotográfica. Pero esa es harina de otro costal.

Juan Ramir

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