
Diego Igeño
Hoy debería haberme quedado en la cama. Una vez leí en Mafalda que el problema de llevar siempre las orejas puestas es que uno no deja de oír tonterías. Y el día, cuando todavía no ha llegado a su mitad, viene calentito, pero con tonterías muy peligrosas.
Oigo al asesino Trump lanzar vituperios contra España por su postura ante el ataque desencadenado por esos dos matones que quieren llevar a toda la Humanidad al abismo: el yanqui descerebrado y el genocida Netanyahu. Nos amenaza el rubio de bote con una especie de bloqueo, vía amenazas económicas, al que tan acostumbrados nos tienen ciertos gobiernos americanos contra todos aquellos que consideran que no forman parte de su amaestrado rebaño.
Oigo al patético de Feijóo criticar al gobierno de Pedro Sánchez por la postura adoptada frente a la agresión a Irán, en las antípodas de la que él seguiría, que no es otra que comerle la p. a su querido despreciador. Porque puestos a criticar al legítimo presidente del Ejecutivo todo vale, hasta aceptar las bravuconadas del matón de patio que, sin respetar el derecho internacional, sin acogerse al cobijo de la ONU, de forma bilateral, rompe la paz y sigue poniéndose el mundo por montera atacando a quien se le para en los cataplines. Al bobo gallego popular, tan demócrata él, le importa un bledo que alguien actúe como un canalla, despreciando a la comunidad internacional, si eso le sirve para rentabilizar su odio a Sánchez y captar un puñado de votos.
Oigo a algunos vecinos de este pueblo que justifican la agresión porque, en definitiva, están liquidando a un tirano (en esta ocasión Jamenei). Esto me recuerda aquel alegato de Bertolt Brecht en el que condenaba cómo la gente se cruzaba de brazos cuando veía que Hitler diezmaba a ciertos colectivos (judíos, comunistas y socialistas, gitanos, discapacitados, homosexuales, republicanos españoles…) hasta que ese odio se volvía contra ellos y entonces ya era demasiado tarde. Cuando se justifican los crímenes de unos verdugos, se les da legitimidad moral para que continúen con una escalada de violencia que llegará a condenar al planeta a la destrucción. Cuando se les aplaude, se les hace crecer. Y, quién les impedirá entonces volver sus armas contra nuestro propio país o hacia esa Europa cansada y desunida que desde hace tiempo tienen en su punto de mira.
Indignación es lo que hoy siento, indignación al ver cómo nos meten en una escalada bélica de la que ilusamente nos sentimos ajenos pero que nos condenará no solo a nosotros sino también a nuestros hijos y nietos que, sin cumplir la cita bíblica, jamás heredarán la tierra.



