Carmen Zurera Maestre

Abrázame, le dije. El ruido de mi mente pesaba como un lastre insoportable y solo quería apoyar la cabeza en un hombro que soportara además el desequilibrio de mi cuerpo físico.
Sólo debía cerrar los ojos, convocar una música relajante y posar la cabeza sobre aquella superficie escueta, pero perfecta para albergarla. Si además iba acompañado de un abrazo y balanceábamos el cuerpo en una especie de baile armónico, me dejaría llevar sin ninguna resistencia.
Quería apagar la luz de la conciencia para zambullirme, por un momento, en el seno de unos brazos poderosos capaces de transportarme a un lugar imaginario y seguro.
La luz de la conciencia es tan intensa que viene acompañada de un ruido interno continuo, a veces agotador, y hay que gestionarla como se gestionan las emociones; sin grandes dramatismos ni miedos paralizantes. Mirándolas de frente, reconociendo qué nos las producen para cambiar lo que está en nuestra mano y aceptar lo que nos supera de forma natural. Eso he aprendido.
No obstante, a veces no me encuentro con fuerzas para mantener el tipo siguiendo este trabajo de crecimiento personal. Ese que inicié para buscar la paz interior sobre todas las cosas.
Como ser social no soy ajena a grandes incertidumbres de nuestra época y me cuesta pasar de la teoría a la práctica. Hoy ha sido un día especialmente duro para mantener mi equilibrio físico y mental.
Como espectadora de lo cotidiano he desayunado oyendo opiniones que son sentencias. He escuchado análisis sobre la realidad que vivimos, tan apasionadas como superficiales, que enfrentan a las personas transformando la convivencia en una especie de “cuerda de equilibrista” en riesgo siempre de romperse.
Esta mañana un escritor que presentaba su obra en la radio, decía que la juventud actual está viviendo algo que no había ocurrido en otras generaciones y es la, casi certeza, de que no tienen fututo a causa del cambio climático y el devenir económico y político que se está generando.
Darse un paseo por las noticias y saber que estamos absolutamente alienados y sin escapatoria, como marionetas previsibles que mueven al son de unos hilos que no vemos.
Ser testigos diarios de la tragedia de la emigración, y seguir comiendo como si de una irrealidad se tratara.
…y busco en mi conciencia y no se porqué no existe unanimidad en las conciencias de mis semejantes para detener todo lo que daña a los nuestros. A los hombres y mujeres, a las niñas y niños que habitamos el planeta.
Miento, claro que lo se. Que soy conocedora de los factores que nos llevan al enfrentamiento y a la destrucción, a la desconfianza, a las traiciones de todo tipo y; aun intentando comprender la razón de todas nuestras desavenencias, de todos nuestros traumas e historias individuales y colectivas, hay días que no encuentro paz.
Estoy segura de que no soy una buena alumna en la búsqueda de mi “crecimiento personal” y que no he aceptado del todo que no puedo cambiar el mundo, porque en ocasiones siento que lo aprendido me pesa. Me agota.
Por eso necesito detener el tiempo, buscar el hombro adecuado, bailar la danza de los inconscientes que solo buscan un espacio de paz.



