Anecdotario Republicano Aguilarense (I) La venganza del sacristán (segunda parte)

¿Podría haber ocasionado el enfado del monárquico sacerdote el que se hubiese proclamado la República?. Esta pregunta se hacía el sacristán cuando los monaguillos interrumpieron en el lugar  indicando que era la hora de ir a la casa del fallecido. Puntual se puso en marcha la comitiva: vicario, sacristán y monaguillos, recorrieron las solitarias calles hasta alcanzar la morada donde recibía el duelo. En la puerta de la vivienda se encontraban un nutrido grupo de personas que se ordenaron tras el féretro camino de la iglesia. En el trayecto el sacristán fue interrogando con la mirada a los conocidos que pudieran proporcionarle noticias sobre la situación política, y aún encontrando complicidad en algunos de ellos, nadie se aventuró a darle respuesta ante la presencia del malhumorado vicario, lo que fue acrecentando su desasosiego sobre la cuestión.

 Iniciada la misa, desde el alto baptisterio el sacristán divisó junto a la sillería del coro a un grupo de correligionarios que rodeaban a Jerónimo Palma. Esta reunión disparó las sospechas del republicano sacristán quien, alterado por las dudas, mandó hasta el lugar al monaguillo para que indagara ante don Jerónimo una respuesta a sus vacilaciones. La tardanza del emisario acrecentó la ansiedad del ¡Nene!, induciéndole a salir a su encuentro. Cuando llegó a él, la criatura no pudo pronunciar más palabras que las de, ¡Nene!, ¡la República!, y el sacristán entró en un estado de atoramiento del que no saldría en todo lo que restó de sepelio.

 El aturdimiento que le produjo la noticia mantuvo al “Nene” fuera de sí. La alegría proporcionada fue tal que su mente se ausentó reviviendo todo lo luchado y sufrido para alcanzar la meta republicana. Esta abstracción, advertida por el cura, provocó el incidente que desencadenó la anécdota que recreamos en este relato.

 Dispuestos el sacerdote y sacristán en la bajada del altar mayor para impartir la comunión, el metálico sonido de la patena de plata al toparse con el mármol sacó al “Nene” de su ensimismamiento. Por primera vez, tras más de cincuenta años ayudando a misa diaria, sufría un percance de estas características: el platillo resbaló de sus manos y tuvo que recogerlo del suelo. La penetrante mirada que le echó el cura le hizo percibir toda la animadversión que éste le tenía, además de humillarlo con un pisotón en la mano cuando se agachó a recoger la patena, circunstancia que fue advertida por todos los presentes y que vejó tremendamente la autoestima del sacristán. No sintió dolor físico ya que las manos las tenía saturadas de cayos de tirar de las cuerdas de las campanas, pero el bochorno fue tal que estuvo tentado de devolver el embate con un puñetazo, pero la vejez del vicario le valió de escudo.

  Durante lo que restó de funeral no pudo borrar de su pensamiento la ofensa recibida y fue trajinando la venganza, una venganza servida en plato caliente, pero que debía provocar mayor dolor aún al que hubiese recibido el cura con el condonado puñetazo. Volviendo del sagrario donde se había reservado al Santísimo, se le iluminó el rostro al vislumbrar cuál podría ser su desquite. Rápidamente indicó al monaguillo mayor que actuase de acólito acompañando al cura hasta el nuevo cementerio de San Antón donde debía consumarse el entierro, permaneciendo él en la iglesia para tocar  la agonía. 

 La ausencia del “Nene” en el séquito fúnebre intrigó al párroco y le hizo temer alguna trastada en desagravio a la afrenta recibida. Interrogó al monaguillo y éste le indicó que se había quedado de campanero, respuesta que no persuadió al sacerdote, que con un aspaviento movió la cabeza de lado a lado. Poco tiempo tardó el cura en confirmar sus temores, ya que de pronto se silenció la agonía y un gran estruendo de campanas, repicando al unísono, se proyectó en el firmamento ante el asombro del cura, monaguillos, doloridos……, y todos los acompañantes del entierro, que aún no había alcanzado la Placilla Vieja.

 Indeciso estuvo el sacerdote de volverse a la iglesia, pues sabía que aquello era obra del sacristán, pero le pudo más el deber y el no liar  la situación más de lo que ya estaba. Pronto se corrió la voz entre los acompañantes del duelo de que aquel improvisado repique lo realizaba el sacristán para mayor conocimiento y gloria de que España era ya una República. Abochornado, el sacerdote no cejaba de mirar hasta la torre campanario, que era visible desde el Campo Santo, sabedor de que el viejo sacristán estaría gozando su victoria cual Cuasimodo en las torres de Notre Dame.

 Exhausto por el esfuerzo y satisfecho por el triunfo personal y político frente al vicario, el “Nene” se resguardó en su aposento de la más que  previsible furia del sacerdote que, como animal herido, volvió solitario y lacerado hasta la parroquia. Bajo su sotana cruzó el diablo la iglesia sin reparar en la obligada genuflexión ante el Santísimo. De par en par abrió de un porrazo las puertas de la sacristía y con un  ensordecedor gritó. “Neeeeeeee,Neeeeeeeee”, dejó escapar por su boca todos los demonios que había engendrado en su pecadora vida. 

 Tras el alarido, el sacristán esbozó una leve sonrisa en la oscuridad del cuartillo donde malvivía, sabedor de su impunidad ante la rabia del cura, ya que era conocedor “casualmente” de algunos secretos de confesionario que no debían ser divulgados por bien del propio sacerdote y el de  algunas asiduas de la iglesia.

 La venganza del sacristán se convirtió en la noticia más comentada de la población durante mucho tiempo. Del repique republicano de la Campanas   de la Parroquia del Soterraño se hizo eco el libro de actas de la cofradía nazarena al apuntar el fallecimiento del cofrade Antonio de Varo Clavijo y Córdoba en estos términos: 

 “(…) se ha dado sepultura en esta mañana del doce del mismo  mes y año (….), ha estrenado el féretro de la referida cofradía de Jesús  y a ocurrido la particularidad de que al llegar el entierro a la Placilla Vieja y cuando las campanas se ocupaban de doblar, soltar el reloj, y un repique general de campanas anunciar la proclamación de la República…” 

 Antonio Maestre Ballesteros          



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