
Carmen Zurera Maestre
Será normal vivir en esta nebulosa mental en la que llevo instalada semanas. Es lo que tiene que se te muera tu compañero de vida que, habiendo sido independientes y colaborativos, en este preciso instante no tenga referentes, nadie que escuche la conversación del día a día.
En esta película en la que todavía me siento ilusoriamente ajena, he visto pasar rostros compungidos y dolientes. He oído palabras de apoyo en las que no he querido entrar por no sentirme preparada, y he experimentado una ausencia tan significativa como el cuerpo que ocupabas y el tono de voz que salía de tu caja torácica.
Un silencio ensordecedor, una ausencia que pesa como el caudal de lágrimas que me ha dado el todopoderoso ADN de mis padres. Me he vaciado tantas veces que he llegado a pensar que no hay límites. Somo capaces de producir caudales de lágrimas ingentes. Cuando haya sequía nos podrían poner a llorar como si no hubiera un mañana.
Las tardes son infernales. Ocupo el patio de tus macetas, tan bien elegidas para el cambio climático, tan verdes y cuidadas y clavo los ojos en la pared de enfrente, blanca, llena de platos de los viajes que compartimos juntos y de los que hiciste sin mí. No puedo creer que los hayas abandonado. No puedo aceptar que te hayas ido a pesar de la esperanza que en todo momento cultivaste haciéndome creer que valía la pena.
Me dejé arrastrar por ella, porque quise aferrarme a tu manera de concebir la vida y la muerte. Lo hice abrazándome a tí, prometiéndote que estaría hasta donde la vida nos llevara…Sin fuerzas, ¡Lo juro!, asegurándote un valor que no tenía.
Llegado el momento el alma abandonó tu cuerpo mientras yo dormía. Consentiste expirar sin que te viera partir aun estando a tu lado. Ni grité ni lloré, llamé a los sanitarios para que me confirmaran lo evidente, luego llamé a nuestros hijos con un mensaje breve y profundo: …ya, papá ha dejado de respirar.
A partir de ese momento vivo en una película en la que mi personaje se ha deshecho de todo filtro emocional, aunque conservo el social. Me dejo abrazar, porque sabes que los abrazos me proporcionan vitaminas, esas que mantiene mi estructura lo suficiente como para llegar viva a otro amanecer sin ti.
No sé por qué nunca creíste que te había elegido entre todos los hombres. Dudabas, y tuve que demostrarte una y otra vez que no había mayor razón que tú.
Al final me agradeciste haberte acompañando: esas miradas llenas de intención sin palabras posibles, esos abrazos tiernos y bailados a un ritmo lento en nuestro salón, esa sonrisa hermosa que pretendía tranquilizar mis peores temores. Me dijiste que si hubiese sido al contrario no sabías si lo hubieras hecho como yo.
Yo estaba segura de mi lealtad a tu persona, del amor transformado en entrega sin contraprestación. Mi elección era consciente. Te he admirado, te he amado con todos tus defectos (admito los míos, pero esto no lo escribes tú). Te he protegido, te he cuidado y hoy no sé qué voy a hacer sin ti.



